¡El trigo, muy bien! Aurelia no fue precisamente panadera, sino hornera…
Fue una mujer trabajadora y muy vinculada a la vida cotidiana de su pueblo en la década de 1950. Durante unos tres o cuatro años desempeñó la labor de hornera, un oficio fundamental en el medio rural, cuando muchas casas no disponían de horno propio y el horno comunal era imprescindible para elaborar el pan y otros alimentos. Además de su utilidad diaria, aquel espacio era también lugar de encuentro entre vecinos.
Madrugaba para ir a recoger boj, con el que limpiaba y preparaba el horno. Después lo encendía y, cuando se formaba la brasa, la apartaba hacia un lado para dejar libre la solera. Entonces introducía con una pala las masas que cada familia había amasado en su casa. Las llevaban sobre tablas, portadas en la cabeza, y de distintos tamaños según el uso que fueran a darles. En fiestas y fechas señaladas preparaba el horno para que los vecinos pudieran preparar sus asados.
Por su trabajo no cobraba dinero: cada familia le dejaba como pago un trozo de masa, mayor o menor según sus posibilidades. En algunas ocasiones también le llevaban algún asado para hacerlo en el horno. En fiestas y días señalados, el horno se encendía igualmente para preparar carnes y pastas, tareas que solían realizar las propias familias.
Además de esta labor, Aurelia limpiaba las escuelas y preparaba para los niños leche en polvo con que la repartía junto a pequeños quesos elaborados con leche en polvo. Su esfuerzo constante y su disposición al servicio de los demás la convirtieron en una figura muy recordada por quienes la conocieron.
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