Orosia

Porque la historia de Orosia otra cosa no, pero fuerza… ¡tiene un montón!

Mi vida solo puede ser vislumbrada entre brumas, porque pertenece a otros tiempos. A ti que perteneces a un mundo donde todo está previsto y en el que la seguridad te rodea por todas partes, en el que puedes reclamar la mínima desatención o desajuste, quizá te cueste entenderlo. De donde yo vengo, el azar y la desventura campaban a sus anchas, y uno no tenía más que sus manos, su cabeza y una buena presencia de ánimo para hacerles frente.

Salí de mi casa con mucha ilusión para casarme con el heredero de Casa Jordana, tierras, fonda, cantina y carnicería, casi nada. Eran los años treinta, años de escasez y existencia dura, mucho más con cuatro churumbeles que no tardaron en llegar, pero donde con trabajo sin horarios y mucho desgaste físico se podía afrontar el día a día. Y aunque la vida parecía remansada y quieta en este pueblo del Pirineo, pronto la desventura, que en aquellos años tarde o temprano acudía a la cita, vino a visitarme.

En un aciago verano todo saltó por los aires y la sinrazón de la guerra se llevó a mi marido, dejándome con cuatro bocas por alimentar y sola frente a la vida. No había red de seguridad a la que recurrir, no había maestro armero al que reclamar. La soledad femenina en aquel tiempo era desamparo y debilidad, y pronto, aún duraba la guerra, un nuevo matrimonio vino a traerme estabilidad, aunque fuera momentánea, y un precioso regalo en forma de una hija. Se abrió un tiempo de postguerra y carencias, el destino no aflojaba las riendas, pero los niños iban creciendo y el futuro podía traer la esperanza de mejoría. Proyectos, ideas.

Pero los planes siempre son cosa de dos. Y en los que mi marido tenía en la cabeza ni yo, ni los niños, teníamos cabida. No solo era que fuera a huir de sus responsabilidades y llevar una vida aparte. Es que iba a sufragar esa huida con todas nuestras posesiones, con lo que sustentaba el hogar. El dinero que las mismas proporcionaron, salió por la puerta con mi marido y ya no volvió.

Quedamos en casa como suspendidos en el aire, sin suelo firme en el que hacer pie, y de aquellos tiempos difíciles aún me cuesta explicar cómo pudimos salir. Dios aprieta pero no ahoga, en este caso fue verdad. Todos en casa tuvimos que arrimar el hombro, el trabajo alcanzaba desde el más grande al más chico; pero la atmósfera se tornó más alegre, porque un barniz opresivo que parecía impregnarlo todo se fue diluyendo, y un peso invisible desapareció.

No volví a casarme. Quizá como experiencia ya había tenido bastante.

Tienes que encontrar la planta con la que se hace el pan.